El estadio de Vélez Sarsfield luce, desde esta mañana, una nueva decoración sobre una de las paredes laterales: el rostro de su máximo exponente dirigencial, José “Pepe” Amalfitani  en un mural que se completa con varias de sus frases-emblema.

Esta obra de pintura, realizada en las últimas horas sobre la calle Álvarez Jonte por integrantes de la Sub Comisión del Hincha del club de Liniers, recuerda al ex presidente de Vélez en dos etapas (1923-25 y 1941-69) que fue ejemplo a nivel nacional. Tanto que la AFA resolvió decretar como Día del Dirigente Deportivo la fecha de su fallecimiento, 14 de mayo.

Amalfitani privilegió el crecimiento edílicio y la ampliación de la infrestructura de la institución por encima de altos presupuestos para el fútbol profesional. Son famosas sus anécdotas y picardías para conseguir donación de cemento, arena, ladrillos y materiales de construcción y para evitar dilapidar dinero en sueldos o refuerzos caros. De todos modos, se emocionó poco antes de morir con el primer título de Vélez, en el Campeonato Nacional 1968. Varios de esos futbolistas siempre lo reconocieron como un excelente consejero más allá de su famoso carácter fuerte.

La función social del club también fue una de sus prioridades. “Cada chico ganado a la calle es un tìtulo obtenido”, era uno de sus máximas. Que desde hoy queda reproducida en el paredón de su estadio.

La honradez y los valores morales eran prioridades para ese personaje pasional de baja estatura y ojos vivaces que centellaban detrás de unos gruesos anteojos. Su identificación con  Vélez se dio a partir de su infancia en Villa Luro. 

Durante su primer presidencia mantuvo discusiones y entredichos, alejándose tras dos años.

Pero regresó en el peor momento de la historia fortinera, con Vélez descendido a Primera B y sin casa por haber perdido su cancha en Villa Luro. Algunos hasta pensaban en la desaparición de la institución. Sin embargo Amalfitani no se achicó ante el tremendo panorama. Electo nuevamente presidente en 1941 -extendiendo su mandato hasta su muerte en 1969- sentó bases en un terreno pantanoso y despreciado en Liniers. Allí levantó el nuevo estadio junto a completas instalaciones deportivas y culturales. Ofreció su patrimonio personal como garantía. Y alternaba sus actividades profesionales (fue comerciante, periodista, maestro mayor de obras, gastronómico) con su trabajo incansable en el club de sus amores.

Testimonios de aquellos años relatan que Don Pepe hacía desviar camiones con escombros para el rellenado del pantano. Hasta comentan que el inquieto directivo, con insistencia, personalidad y astucia,  logró donación de material en desuso de los cercanos Ferrocarriles, incluyendo una antigua locomotora, para tapar esa superficie fangosa.

Desde hoy su rostro y su recuerdo lucen relucientes sobre una de las paredes que tanto hizo para levantar y apuntalar.