Japón es la gran revelación del Campeonato Mundial de Rugby que por esos días alberga en su territorio. Ganó los cuatro partidos de su zona, incluyendo los sorpresivos ante Irlanda (19-12) y Escocia (28-21), y el domingo enfrentará a Sudáfrica por los cuartos de final, instancia a la que accede por primera vez en la historia.

Una curiosidad, que se repite en casi todas las selecciones que están disputando el Mundial, es que la mayoría de sus jugadores tienen otra nacionalidad.

De los 31 integrantes del plantel de los Brave Cherry Blossoms (Valientes Flores de Cerezo), 16 son extranjeros.

El pilar Michael Leith, su capitán, nació en Nueva Zelanda, igual que Lomano Lemeki, su figura principal.

Kotaro Matsushima, uno de los máximos anotadores de tries (5) de la Copa hasta el momento, nació y se crió en Sudáfrica, aunque tiene parte de sangre nipona: su madre era japonesa.

Y en este Mundial se dio un hecho curioso: Timothy Lafaele nació en Samoa y en la tercera fecha del Grupo A le convirtió un try, favorable a Japón, a su propio país de origen en la victoria nipona 38-19.

Isileli Nakajima podría parecer oriundo de Japón, o descendiente de japoneses, por su apellido. Sin embargo es de Tonga, y como agradecimiento a su nueva tierra y a su familia utiliza el apellido de su esposa japonesa en lugar del original Vakauta.

Pieter Labuschagne, Petrus van der Walt, James Moore, Hendrik Tui y Luke Thompson también son sudafricanos que visten la camiseta roja y blanca de Japón.

Jiwon Koo Ji-won es de Corea del Sur; Asaeli Valu, William Tupou, Amanaki Mafi, Ataata Moeakiola  y Uwe Helu, de Tonga.

Esta abundancia de foráneos está permitida en el reglamento, que pide como requisito ser hijo o nieto de nativos ó tener tres años de residencia (a partir de la próxima temporada se elevarán a cinco años).

Y en el Mundial casi todos hicieron uso de este permiso,  las únicas excepciones fueron Argentina, Uruguay y Namibia que presentaron cien por ciento jugadores nacidos en sus países.

Foto: @rugbyworldcupes