La primera vez que lloré

Foto: Prensa LPF

Recién dos días después de lo que todos sabíamos que podía ocurrir, pero que nadie quería que sucediera, puedo empezar este increíble, insólito e injusto duelo. Seguramente a pocos le importe, pero necesito que las lágrimas se impriman para siempre en este texto.

Las responsabilidades de este oficio, en horas absurdas e intensas, pegado delante de la pantalla con un nudo en la garganta, no me dejaron romperme. Y como tantas otras veces, se lo agradezco. Pero sabía que este escudo no era irrompible. Que los muros de la negación no eran infranqueables.

Después de 48 horas que fueron casi tan largas como esta maldita pandemia que, entre otras tantas cosas, nos privó de verlo más tiempo en el banco de Gimnasia, este desahogo era tan necesario como inevitable.

Me remonto entonces a ese día que hiciste llorar a una rubia brasileña en la tribuna del Stadio delle Alpi, después de ese puñal a la defensa y la posterior definición de Caniggia. “¿Por qué llora?”, pregunté desde mis seis años. “De tristeza”, me respondieron. Y ahí entendí, por primera vez y para siempre, que el fútbol tiene un significado infinitamente mayor al de un juego.

Cuatro años después, ya con un poco más de conciencia sobre todo lo que nos rodea y un fanatismo creciente por el fútbol, te cortaron las piernas y un poco lo sentí. Pero al igual que me sucedió ahora, caí en la cuenta de lo que sucedía un poco después. Hagi nos metió el tercero y de nada valió el gol de Balbo. Estábamos afuera en el Mundial que creía nuestro, y que soñaba con festejar con vos como estandarte, como me contaron otros que lo hicieron en el 86.

Acurrucado en un rincón diminuto del comedor de mi casa, con las patas arriba de la silla y mis brazos abrazándolas, mi vieja me dio uno de los permisos más importantes de mi vida. “Si querés, llorá”, me dijo, mucho antes que Moria.

Y le hice caso. Lloré por primera vez por el fútbol. Al igual que lo hice hoy, después de caer en la cuenta de tu partida, Diego Maradona. 26 años después de aquella primera vez.

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