El mundo, en vilo por LeBron

El cuento se vuelve a repetir y el futuro de la estrella es una incógnita. La player option del verano, los Knicks y la llegada de Bronny a la NBA, las claves.

Estamos acostumbrados a que LeBron James nos mantenga con la duda. Es lo que tiene: hablamos de una estrella pionera en su fondo y formas, que lideró la conformación definitiva de la era de los jugadores empoderados, que siempre tuvo antecedentes pero se solventó con su eterna figura. Una capaz de todo en pista, generacional, culturalmente histórica y con una narrativa de la que la NBA ha comido y bebido en las últimas 20 temporadas, 21 ya si contamos en la que está inmerso. Pero también capaz de todo entre bambalinas, donde ha atesorado un poder increíble que ha trascendido más allá que en cualquier otro baloncestista del pasado. Una mala mirada, una palabra difusa o un tuit en un momento concreto pueden cambiar el futuro de una franquicia… o no. Ya lo hemos visto antes en el caso de LeBron, que a estas alturas, camino de los 40 años y con una reputación que va más allá del mismísimo baloncesto, no va a cambiar su modus operandi. Para qué.

Es habitual que cuando las cosas no van como la estrella quiere hay atisbos que nos dejan ver su malestar. En este último mercado de fichajes, en el que los Lakers se mantuvieron inmóviles, hemos visto más de un ejemplo, todos en la previa. Miradas malhumoradas al ya definitivamente cuestionado, declaraciones ambiguas, una actitud que revela hastío y algún que otro tuit que ha dejado claro que quería algo. El problema esta vez fue doble, ya que él quería pero los angelinos decidieron no hacer nada. O, quizá, no había nada que se pudiera hacer. El mercado no ofrecía grandes atractivos, los Lakers tenían poco que ofrecer y lo que podían ofrecer no lo quisieron traspasar. Dejounte Murray se quedó donde estaba, el pívot suplente no llegó y el equipo de Hollywood decidió que ya tenía suficiente con lo que tenía y que con eso tiraría hasta el final de temporada. Con eso y con un Spencer Dinwiddie que llegó después para resolver quién sabe qué. Pero que ha llegado gratis, al fin y al cabo.

No es la primera vez que los deseos de LeBron no se ven cumplidos. Hace ya muchos años que subió al despacho de Pat Riley junto a Dwayne Wade para reclamarle al Padrino de la NBA el despido de Erik Spoelstra y un nuevo retorno al banquillo. El mandamás los despidió elegantemente y el Rey ganó los dos siguientes anillos, los primeros de su carrera, siendo Spoelstra el único entrenador que mantiene hoy el mismo puesto que tenía en su día. Poco después, hubo más actuaciones que se transformaron en movimientos en los que la estrella tuvo más o menos influencia: la salida de David Blatt de los Cavaliers para que llegar Tyronn Lue, la de Luke Walton por parte de los Lakers… Siempre con la misma táctica, una que consistía en filtrar a algún periodista o en alguna red social su descontento para que se creara un clima macabro de fondo que hacía saltar todas las alarmas. Entre otras cosas, porque venía acompañado de la velada amenaza de la salida del Rey si no se cumplían sus exigencias. Un comportamiento que hemos visto mucho en un grupo ya no tan reducido en el que muchos acompañan a LeBron: Kevin Durant, Kyrie Irving, James Harden… o, con demasiada (y desgraciada) frecuencia, en Giannis Antetokounmpo.

LeBron y los Lakers: un matrimonio muy conveniente

El problema, si es que hay alguno, es que en este punto estamos hablando de una situación muy distinta, especialmente para LeBron. Que tiene 39 años (¿ya lo hemos dicho?) está en su 21ª temporada en la NBA y tiene una longevidad absolutamente extraordinaria, pero que algún día se acabará, básicamente porque todo se acaba. Quizá por eso en las oficinas de los Lakers no se han puesto nerviosos. También porque pueden haber decidido no moverse hasta que sepan cuál será el futuro de su jugador, que puede rechazar su player option y buscar nuevos destinos (ahora hablaremos de eso) en verano. O también, por qué no, porque se han acordado de que la última decisión potenciada por LeBron, en connivencia con Anthony Davis, fue la llegada de un Russell Wesbrook que dinamitó el proyecto que se había formado con el anillo de 2021, hipotecó a los Lakers y les obligó a soportar meses de austeridad y austericidio, una práctica muy poco habitual y a la que no está acostumbrada una franquicia que ya esperó demasiado entre la retirada de Kobe Bryant y la llegada del propio LeBron.

Ron Pelinka quizá haya decidido que cuando se sepa el futuro de su estrella se moverán el resto de fichas. Confiando en esas dos rondas del draft que en verano serán tres (muy lejos de las que acumularan otros equipos) y que todo se aclarará en pocos meses. Entonces, las cosas se moverán, y ya veremos si con ellas un LeBron que llegó a unos Lakers que ya eran los Lakers y que, cuando se vaya, seguirá viendo como los Lakers seguirán siendo los Lakers. Es lo que tiene una de esas pocas franquicias, si es que hay alguna más, que va más allá de la estela y el aura que rezuma la infatigable figura de un ser eterno, casado con la gloria, pero también con ganas de ganar su quinto anillo antes de poner rumbo a la clandestinidad. Y midiendo la balanza entre el lugar en el que quiere estar, que todo indica que es en el que está, y las opciones que tiene de lograr ese ansiado título en Los Ángeles. Ahora mismo, pensar que los Lakers son candidatos al título hace que confluyan el optimismo y la locura. Dos conceptos que, por otra parte, van de la mano muy a menudo.

Si LeBron sale de los Lakers, que habrá que verlo, dejará tras de sí seis temporadas en las que se ha perdido dos veces los playoffs, las mismas que en sus 15 anteriores. Pero también un anillo, el de 2020, y una vitrina nueva en un matrimonio que no ha sido de conveniencia, pero sí muy conveniente. Para el que quiera apoyar esa narrativa (una de tantas) la unión suposo la coincidencia del mejor jugador de la historia en el mejor equipo de la historia. Ha permitido a los Lakers dejar atrás la peor época de su larguísima existencia. Un anillo que dura para siempre y el hecho de poder presumir de que el Rey acabe con el récord de todos los récords vistiendo dicha camiseta, esa que encumbró a LeBron como el Máximo Anotador de todos los tiempos arrebatando dicho honor a Kareem Abdul-Jabbar, que lo logró defendiendo los mismos colores. Buenas páginas de un libro eterno para la franquicia que más tomos ha escrito y vendido. Y una asociación que, pase lo que pase en los próximos meses, ha sido más que provechosa.

¿Y ahora qué?

Hay muchos flecos muchas aristas y muchas variantes para intentar tener alguna idea de lo que va a hacer LeBron, siempre difíciles, ya que estamos hablando de algo que sólo sabe él, y quizá ni eso. Lo primero que hay que tener en cuenta es lo obvio: tiene una player option este verano de 51 millones de dólares, un dinero más que jugoso al que puede renunciar para conseguir un nuevo contrato con los Lakers… o con otro equipo. Si la rechaza sería agente libre, por lo que podría decidir su destino, algo muy acorde a un jugador cuyo entorno se jacta de que jamás ha sido traspasado. Ha sido otro de los mantras de su carrera, una en la que siempre ha mantenido su poder de decisión intacto, atesorando un enorme poder en una competición en la que muy pocos (casi ningún) jugador ha tenido dicho privilegio. Y hay otra variable a tener en cuenta: el tiempo que LeBron quiera seguir en activo (no ha hecho ni amago de retirada más allá de la pataleta tras la derrota ante los Nuggets del curso pasado), de cuántos años puede ser el contrato que firme y si está dispuesto a perdonar dinero para tener opciones de un quinto anillo que, salvo sorpresa histórica, no lograra este curso.

El primer nombre en entrar en la ecuación es el de Bronny, su hijo. LeBron siempre ha mantenido que quiere jugar con él antes de retirarse, pero la posibilidad está llena de incógnitas. Miembro de la USC, el primogénito del Rey tiene pensado presentarse al draft el próximo curso. Y las encuestas le sitúan lejos de las primeras posiciones. Eso sí, las incógnitas son muchas: ¿optará algún equipo por seleccionarle en primera ronda previo acuerdo con James para hacerse con sus servicios? Y, sobre todo, ¿merece la pena realizar ese movimiento e hipotecar a tu franquicia? Son muchos los líos que se vislumbran en el horizonte: LeBron va camino de los 40 años, ya no es el jugador decisivo que era hace un par de años por mucho que su nivel sea inédito para su edad. Y Bronny tiene un nivel cuestionable para entrar en una rotación en la mejor Liga del mundo. En caso de juntar a los dos con la misma camiseta, podría haber problemas con el padre si el hijo no juega, una obligación soterrada para alinearles a ambos en pista… Es decir, secuestras a tu entidad para tener a un jugador muy veterano (el que más años tiene de la NBA) con un embrollo familiar que no tiene muchas opciones de hacerte pelear, en teoría, por el anillo. Si es que ese es tu futuro.

Por otro lado, han sido varios los rumores que han señalado a según qué equipo. Las apuestas hablaron de los Spurs, inmersos en una reconstrucción eternamente postergada en torno a la figura de Victor Wembanyama, pero parece improbable que LeBron decida pasar sus últimos días (como profesional) en San Antonio. También se ha sabido que los Warriors preguntaron por la estrella, a lo que se negaron tanto los Lakers como el propio jugador. El periodista Marc Stein ha hablado de otros dos posibles destinos, sin nombrarlos, e indica que James podría renunciar a la player option e ir a alguno de los dos si y sólo si draftean a Bronny. Todo esto perdonando dinero, algo que también parece improbable dado el historial monetario que siempre maneja la estrella. Otro periodista, Zach Lowe, ha asegurado que LeBron quiere terminar su carrera en los Lakers, un argumento apoyado por varias filtraciones de los últimos años, con su entorno afirmando lo cómodo que está en la ciudad de la luz; y también por la actitud mostrada por el baloncestista, que no se ha ido incluso en temporadas realmente malas en las que ni siquiera se han pisado los playoffs, algo realmente extraño para él.

Esto deja otras tres opciones más o menos posibles, pero que responden a las hipótesis y la rumorología que tradicionalmente maneja una NBA a la que le encanta hacer suya la narrativa incluso cuando no procede de la propia empresa: Miami Heat, Cleveland Cavaliers y New York Knicks. Ya vistió la camiseta de la franquicia de Florida y, si bien las cosas no acabaron bien con Pat Riley, que definió su salida en 2014 como el mayor error de su carrera, no parece que a personalidades de esa dimensión les vaya a costar mucho limar asperezas por un objetivo común. También conoce la ciudad, fue entrenado por Erik Spoelstra y es un héroe allí, donde en cuatro temporadas pisó las Finales de forma ininterrumpida y conquistó dos títulos. Los Cavs están siempre ahí: LeBron es un icono en Arkon, en Ohio, en Cleveland. Ha permitido a dicha entidad presumir del mayor y más increíble logro de su historia, el anillo de 2016. Y no parece descabellado que busquen draftear a Bronny y ganar espacio salarial con una salida que se está comentando mucho, la de un Donovan Mitchell que no parece estar muy cómodo en un lugar mayormente aburrido, con poca capacidad para atraer agentes libres. La narrativa también ayudaría, diciendo adiós en el lugar que le vio nacer. Veremos.

Y la opción que más se ha comentado es la de los Knicks. Tienen rondas del draft suficientes para intentar un (muy) hipotético sing and trade, Leon Rose ha limado asperezas que antes eran muy fuertes con Klutch Sports y Rich Paul, agencia y agente de LeBron. Y el proyecto es bárbaro, al alza, con el Madison recuperando su orgullo del pasado. Se han movido muy bien en el mercado, no paran de acumular victorias y se han postulado como el mayor rival de los Celtics en la Conferencia Este. Y Nueva York siempre es un mercado sumamente atractivo para cualquier estrella, el más grande de la NBA junto al de Los Ángeles. Pero también sería raro que se diera: en un proyecto al alza, que por fin recupera sus mejores días. Y que tiene una plantilla muy del gusto de Tom Thibodeau, un entrenador muy maniático y que le gusta hacer las cosas a su manera, además de explotar jugadores poniéndoles muchos minutos en pista, algo muy poco atractivo para un jugador que necesita regularse en demasía. Y que llegaría con 40 años y en su 22ª temporada en la mejor Liga del mundo. Y ya veremos si con su hijo. Está difícil.

En los últimos días, Rich Paul ha asegurado que el compromiso de LeBron con Jeannie Buss y los Lakers es absoluto y que la idea de la estrella es terminar sus días con los Lakers. Y la franquicia, que no atendió a los deseos expresos del Rey en la agencia libre, sí se ha mostrado abierta a explorar la posibilidad de conseguir a Bronny de alguna forma, lo cual es un paso en una relación que siempre ha sido permisiva por ambas partes. La opción más probable es que James se quede donde está. Y no porque lo haya dicho su agente, un periodista o porque esté cómodo en Los Ángeles, sino porque cualquier idea de situarle en otro lugar es más que improbable. En algunos casos hasta imposible. Eso sí, no podemos olvidar que en la NBA todo es posible. Y que muchas de estas posibilidades se manejarán mejor cuando termine la temporada. Habrá que ver cómo acaban los Lakers, si consiguen ser competitivos en playoffs, si el jugador acaba sano y si sigue teniendo fuelle (lo que está haciendo a su edad es extraordinario) para seguir siendo una pieza fundamental. Allá donde juegue. De momento, lo que sí sabemos es que LeBron James lo quiere todo: optar al anillo, jugar con su hijo, ganar dinero, estar cómodo… Eso, y que nos va a mantener en vilo durante varios meses más. Otra vez. No pasa nada. Estamos acostumbrados.

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