El ‘unocerismo’ de Champions

El Atlético gana con oficio a un Celta que fue de menos a más para asegurarse virtualmente la cuarta plaza con un gol de De Paul en el 84′.

A Fernando Morales. Pido perdón a los niños por haber dedicado esta crónica a una persona mayor. Tengo, sin embargo, una seria disculpa: esta persona mayor fue uno de los grandes amigos que tenía en el mundo del periodismo, profundo rojiblanco que desde el viernes habita en el tercer anfiteatro. No sé cómo se verá el fútbol desde allá arriba, aquí desde la tribuna de prensa, en cuanto se le fue el gas del inicio, el equipo del Cholo se convirtió en otra digestión pesada, y larga, muy larga, hasta escucharle el grito del goool que amarraba la Champions. Pero es que el Atleti, queridos niños, ha regresado a aquello que tantas alegrías le dio a Simeone y al propio Fernando. El unocerismo. Bendito. Las redes de Oblak lo agradecen.

Ese nuevo Atlético con más abrigo en ese dibujo 5-4-1 y Griezmann, de regreso, comenzó combinando ante un Celta dedicado a defenderse en su campo, que, como buenos gallegos, saben aguantar el chaparrón. Los rojiblancos lo maduraban en la zona de tres cuartos sin que Correa, en una primera ocasión mansa, y después Lino dos veces y otra Riquelme, llegaran a romper el paraguas gallego. Los guantes de Guaita protegían. El portero primero paraba, ante Lino, y la segunda vez por bajo y con mérito. Después, abroncaba a sus defensas por permitir a tanto rojiblanco llegar tan fácil a sus pies. El Atleti robaba rápido, corría, desbordaba y disparaba, aunque sin tino. Y tanto fue el cántaro a la fuente que terminó quedándose seco y sin resuello.

Giráldez, que fue niño en el Calderón y por primera vez visitaba el Metropolitano como entrenador, centraba a Aspas con la intención de que el Celta fuese algo más que un robusto paraguas. Funcionó. Comenzó a crecer y a estirarse, asomando la nariz en el Metropolitano y comprobar que en realidad no llovía, que era un día de sol. El Cholo reordenaba sus piezas al ver venir el balón: Riquelme, a la derecha, y 4-4-2. Pero de nada sirvió. A sus muchachos de pronto parecían pesarle las piernas al jugar ya tan solo por un cuarto puesto que el Athletic había dejado de amenazar. El Celta seguía creciendo, que había visto cómo el Cádiz había ganado su partido y una victoria ya no sería salvación, pero sí más espuma en el colchón de la tranquilidad.

Grizi deambulaba mientras Llorente corría para insuflar a su equipo aliento. Le encontró Koke una vez, con uno de esos pases que descerrajaron la defensa de tres centrales de Giráldez, para volver a toparse con Guaita al final. Así, entre bostezos de siesta de los niños de la grada mientras sus mayores cantaban y cantaban con ambición de despertarles. Porque desde el campo, nada, o muy poco. Ese último despeje de Witsel en un córner que se envenenó en el vuelo hacia Oblak, obligado a palmear sobre el larguero, y que resultó la ocasión más peligrosa del Celta en 45 minutos.

El partido regresó del descanso con Morata (por un Lino de más a menos), Llorente en el carril derecho, Azpilicueta de central y las mismas sensaciones con las que había terminado la primera parte: ritmo trotón del Atleti, mientras el Celta tenía el balón y su afición subía la voz. Aspas lo celebró a la hora de partido rematando seco un pase atrás de Bamba en el área que Oblak repelió con una parada de puros reflejos. Los últimos niños del Atleti descubrieron esa canción, Obi, Oblak. El Metropolitano comenzó a recitarla alta mientras el Celta buscaba resquicios y el Cholo seguía agitando el árbol de su banquillo, ora De Paul, ora Barrios, todo para nada. El Celta seguía moviendo mejor y con más acierto el balón ante el sopor rojiblanco. Giráldez introducía a Allende y Simeone, a Memphis y Reinildo por Roro y Griezmann en otro día intrascendente. La entrada del neerlandés bajó de la luna al Atleti tras otra parada de Oblak ante Aspas. Con los rojiblancos volcados en el área de Guaita, el portero primero desvió con el pie un remate de primeras de Memphis y después, con la punta del dedo, al larguero, una volea de Barrios que dejó un rato cimbreando su madera.

Apretaba el Atleti con las botas de Memphis, que juega poco porque siempre está lesionado, pero cuando lo hace, envuelve cada acción de peligro. Lo rozó con un disparo cruzado antes de que De Paul se soplara la bota para arrancarse esa genialidad en un rechace de un córner: una volea desde fuera del área que estalló de una vez el paraguas de Guaita. La celebró primero abrazándose a sí mismo, después señalando con los pulgares hacia arriba, amarrando la Champions y dedicándoselo a todos esos niños en la grada y también a los mayores que fueron niños en otro tiempo, porque, como escribió Saint-Exupéry, todas las personas mayores fueron niños primero. Y hay una generación que, con Simeone, nada sabe de descensos a Segunda o Intertotos, que solo conoce la Champions. Ole, ole. Desde allá arriba, Fernando, tú lo estarás gritando también.

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